[paginantes] UN TEXTO DE ALEJANDRO DOLINA

martes, 22 de junio de 2010, 23:24 De: "Helios Buira" <heliosbuira@gmail.com>

DIVULGACIÓN CULTURAL
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Un texto ALEJANDRO DOLINA

ESTATUAS

Egestes era un sacerdote de Lanuvio a quien le habían encargado trasladar unas estatuas a la recién fundada ciudad de Alba. El trabajo vino a tornarse imposible porque las estatuas regresaban durante la noche y se instalaban en sus emplazamientos originales. Egestes perseveró durante un tiempo, pero finalmente resolvió no contrariar los deseos de las estatuas y las dejó definitivamente en Lanuvio.

A lo largo de la historia hay algunos otros ejemplos de estatuas semovientes, cuando no parlantes, cantoras, oraculares o concupiscentes: la caprichosa Hera de Argos; la vengativa Artemis Ortia, que volvió locos a los hijos de Irbo; la fecunda estatua que esculpió Pigmalión, a quien le dio una hija; el célebre Paladium, que garantizaba la victoria a sus poseedores.

Los Brujos de Chiclana afirman que las posturas de las estatuas del rosedal varían imperceptiblemente cada noche. Desde luego, se trata de levísimas modificaciones: una sonrisa acentuada, un abrazo más estrecho, un ojo guiñado, una túnica más arrugada.

Hasta el presente nadie ha realizado mediciones comparativas. Tampoco ha sido sorprendida estatua alguna en el momento de moverse. Los Brujos declaran que los movimientos los hacen cuando nadie las mira y agregan que hay estatuas que salen a caminar todas las noches. Parece que durante sus paseos besan a las jóvenes que duermen y les contagian la frialdad. Las vecinas supersticiosas piensan que la maldad de las estatuas es innegable y cierran sus puertas con llave para que no invadan sus casas a la madrugada.

Las viejas de Palermo cuentan historias de niños raptados que luego son convertidos en estatuas. Un grupo de iconoclastas de Villa Crespo asegura que desde hace años se prepara una sublevación de estatuas destinada a poner el mundo bajo su dominio y a condenar a los humanos a una existencia inmóvil y ornamental. El grupo se complace en destrozar toda clase de esculturas para preservar los clásicos privilegios de los hombres.

Hay algunas cosas que los Brujos de Chiclana han llegado a establecer: la personalidad de cada estatua es independiente de la figura que representa. San Martín no es San Martín y Belgrano no es Belgrano. Eso sí: todas se comportan conforme a su especie y a su sexo. Las mujeres son mujeres y los perros son perros.

¿Realizan las estatuas el acto sexual? Podría conjeturarse que no, si se piensa que no nacen de un vientre materno. Sin embargo, los Brujos creen que son capaces de sentir deseo. En cuanto a las estatuas que han sido esculpidas representando precisamente una fornicación, es razonable suponer que aprovechan la ausencia de testigos para descansar un poco de sus abrazos.

Los Brujos dicen preparar una especie de polenta que convierte en estatua a quien la come. Dejan sospechar además, que les espera el mismo destino a los que espían a una gitana bañándose, a los que miran fijo un eclipse, a los vigilantes que se quedan dormidos, a los que se desnudan en las plazas, a los que piensan siempre en la misma cosa y a los que se ponen bizcos de cara al Pampero.

Algunas de las historias que se cuentan sobre las estatuas vivientes tienen su origen en sucesos que nada tienen de prodigioso.

Los jubilados de la Plaza Flores oían muchas veces los dictámenes de una estatua oracular que con voz clara respondía a toda clase de interrogaciones. Al fin vino a descubrirse que todo era un fraude y que las consultas eran satisfechas en verdad por el ruso Salzman, escondido en las ramas de un árbol vecino. A pesar de todo, los jubilados siguen creyendo en la estatua y le hacen preguntas cuyas respuestas inventan ellos mismos.

El viejo Helios, un escultor de Santos Lugares, es experto en el fundido de caballos de bronce. Para su desgracia, su taller linda con los fondos del club Sporting. En horas de aburrimiento los socios se entretienen saqueando los corrales del viejo. Para rubricar la hazaña, los cuatreros juran a su víctima que los caballos se escapan por su cuenta y que los vecinos de la calle Rodríguez Peña los ven galopar cada noche en dirección a Villa Progreso.

Los muchachones impíos del barrio del Pilar se llevan los caballos de los monumentos, dejando a los próceres de a pie. Los guardianes de las plazas, compadecidos, se esfuerzan por ubicar al patriota desmontado en ancas de algún otro.

Algunos vendedores de elixir opinan que la rebelión de las estatuas es obra de los propios Brujos de Chiclana, que están preparando un ejército de piedra, mármol y bronce, para atacarnos en el momento menos pensado. Si triunfan los Brujos, todos seremos estatuas y el tiempo pasará inútil sobre una historia encallada.

O acaso los Brujos ya triunfaron y ya somos estatuas y el movimiento no es más que una ilusión y no hay almas en nuestros pechos de piedra.

Desde Ciudad Moreno
Provincia de Buenos Aires, Argentina
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El Destino, no se expresa con pequeñeces

 

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